Mea culpa
Erwin Lechuga
2/25/20262 min read

Las imágenes hablaban por sí solas, cuerpos inertes de personas jóvenes que se habían ido con la guerra, de una guerra que nunca pidieron, pero que se los tragó gracias a esas carencias extremas de nuestra sociedad que hacen imposible construir un proyecto de vida.
Así ha sido por décadas la vida en el Catatumbo, un territorio de frontera en Colombia, al que le ha tocado experimentar en todas sus dimensiones, los horrores de la guerra, la violencia en múltiples expresiones, la corrupción, el narcotráfico y el abandono estatal.
Esta vez, las imágenes me impactaron inmensamente, los rostros de mujeres jóvenes en uniforme, sin vida, transportadas en un tractor, apiladas como costales, me hicieron preguntarme, qué sería de ellas si no hubiesen estado en las filas de un grupo terrorista, si tendrían un hogar, hijos, o quizás, estuviesen estudiando en alguna universidad luchando por la obtención de un título profesional.
Hoy son el ELN y las disidencias de las Farc en abierta confrontación en dicho territorio, ayer fueron los paramilitares, todos en la misma dinámica, dominar la región, imponer sus reglas, lucrarse a través de actividades ilícitas, y someter a la población civil a su poder como si fueran la representación legítima del Estado.
En mis tiempos de universitario, mis ojos ya habían observado en la distancia cosas similares, muerte, destrucción, dolor, desplazamiento, masacres, pero en aquellos años estaba librando mi propia guerra, haciéndole el quite al dolor por la muerte de mi madre, esforzándome por sacar mi carrera de derecho adelante, y como las cosas estaban a cientos de kilómetros, no dimensionaba la tragedia humana de lo que ocurría.
Pero las cosas cambian, y la vida es una constante de evolución para el ser humano, y es gracias a ese proceso evolutivo que he experimentado como persona, que me doy cuenta de que a pesar de mi deseo por ver otra realidad para mi país, fui indiferente y ciego ante el dolor de todas esa familias que perdieron vidas, arraigo y dignidad ante la opresión de sicarios de la vida y el espíritu.
Los colombianos somos extraños, nos impregnamos de un falso nacionalismo representado en una camiseta amarilla de un equipo de futbol, pero se nos esfuma ante lo trascedente y lo importante de nuestra realidad política y social, qué sería de nuestra nación si esa indignación efímera se erigiera como atalaya de la justicia, el orden y el respeto por la vida.
Las cifras de personas desplazadas aumentan en el Catatumbo, la muerte en su caballo deambula a paso lento, el desánimo de las victimas comienza a hacer mella, y el gobierno nacional, está más preocupado por defender los desaciertos de un gobernante que no gobierna y que parece que su único propósito es vivir en constante confrontación.
Vivir la vida ensimismado en nuestras pretensiones mezquinas nos hace indiferentes, y la indiferencia también es una forma de matar, porque aniquila al otro, en especial a aquellos que en estado de indefensión se enfrentan a la crudeza de las organizaciones criminales que encontraron el cuarto de hora en este gobierno.
No pretendo dictar cátedra de humanidad y mucho menos de ser un referente de perfección, pero la vida me convoca a hacerles un llamado a mirar más allá de nosotros mismos, a no permitir que la violencia inmisericordemente, nos siga arrancando de un tajo el soplo de existencia.
* Esta columna fue publicada el 25 de enero de 2025 en una página web que ya no existe, hoy 13 meses después y dada su trascendencia, vuelvo a publicarla en este nuevo espacio.